¡Aterrador!

La herida de la aurora
Gael Cortés
Grupo Formativo de Escritura Creativa, primer semestre
En la espesura donde el tiempo se detiene,
donde los árboles guardan secretos antiguos,
dos almas se encontraron bajo la luna inmóvil:
una nacida del fuego, otra del frío eterno.
El Fénix, criatura del alba,
pureza de lo que muere y renace;
su canto era una plegaria de vida,
su mirar, un amanecer perpetuo.
El Wendigo, sombra hambrienta,
voz del invierno y la carne corrompida,
eco de la desesperación humana
cuando el alma se congela en la noche.
Ambos se miraron —luz y penumbra—
y el mundo contuvo el aliento.
El fuego quiso abrazar al hielo,
el hielo quiso apagar el fuego.
Pero no hay amor sin ruina,
ni deseo que no deje cicatrices.
El Wendigo, temblando ante tanta belleza,
besó las llamas del Fénix… y ardió.
De su dolor nació un grito de fuego
en el corazón del cielo,
un rastro de amor que no conoció paz.
Solo el sabor de lo imposible: la aurora boreal