Todo lo que no se ve

Romina Arroyo
Grupo Formativo de Escritura Creativa
¿Cómo se mide la esperanza cuando el hambre despierta antes que el sol? Es necesario pensar en los niños descalzos corriendo sobre la tierra caliente, en todas aquellas personas que viven invadidas por las preocupaciones y la angustia de no saber si podrán comer mañana.
En aquel pueblo donde los rayos del sol apenas se atreven a entrar y el polvo es eterno, las infancias aprenden primero a resistir que a descubrir las maravillas de la cultura; peor aún, a escribir su propio nombre. Allí entre casas agrietadas, techos de lámina y platos vacíos, la fe no es un lujo, es un sustento. Un rosario colgado en la entrada, una vela encendida junto a la Virgen y una cruz de madera gastada. Para ellos, Dios es el único patrón que no traiciona, el único que escucha sin cobrar.
—Dios proveerá— dice doña Epifania cada vez que no alcanza para el gas, cada que solo hay frijoles para cenar por quinta noche consecutiva. Y aunque nada llegue, ella sigue creyendo.
Con esto se confirma la frase de Eduardo Galeano: “De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, qué no creen. Solo nos falta saber por qué los pobres son pobres… ¿será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”