CREA | ULSA Oaxaca

¡Escalofriante!

El sol de las seis de la tarde iluminaba naranja el cielo. César salió de su casa con el peso de ser maestro de prepa en las mañanas, vigilante por las noches y tener que pagar la renta a fin de mes clavado en la espalda. Un latido sordo, familiar, le empezaba a martillar detrás de los ojos. La renta, los adolescentes insolentes, la noche en vela, todo se compactaba en una presión constante dentro de su cráneo.

Se apresuró a la tienda con la idea de gastar lo menos posible para poder comer antes de ir a su trabajo. Indeciso y con prisa, tomó un paquete de sopa instantánea y un vaso de café. La fila en la caja fue exasperantemente larga, y el servicio del cajero fue incómodo. El señor lo miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa muy ancha. Movía las manos sin despegarle la vista de encima, a excepción del momento de cobrarle —con la tarjeta de puntos, por supuesto. César, cansado, simplemente le pasó el número desde su celular. Al cajero se le ocurrió pedir confirmación, dictándolo en voz alta frente a todos con una voz ronca como de motor descompuesto.

Frunciendo sus labios secos, César asintió. Tenía una extraña sensación en la espalda, sintiendo que las miradas se le clavaban como dagas. Se llevó la comida en una bolsa que mallugaba sus dedos y se fue al trabajo mientras el crepúsculo se desvanecía.

En la oscuridad de la media noche, con el único resplandor de las pantallas de las cámaras de seguridad, una llamada rompió con el silencio. Sobresaltado, César contestó con una voz firme, que aparentaba el control que le gustaría tener sobre su vida.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando escuchó esa voz distorsionada de respiración pesada, metálica, pasada por un filtro que sonaba cadenciosa, casi condescendiente, vagamente familiar, como perdida en el eco de un recuerdo insignificante, un sueño que no lograba recordar.

Las manos le temblaban mientras miraba frenéticamente las cámaras en búsqueda de alguien. Intentó colgar, pero la persona al otro lado de la línea lo evitó.

—Vamos, echa un vistazo, sí, hacía la cámara— rió. —¿La ves? Es tu novia. Si me cuelgas, la mato.

Sin poder tragar saliva, respondió una serie de preguntas. Tres preguntas que pudo contestar a la perfección. Resultaban ser las mismas preguntas que dejó como actividad hoy en su escuela. La voz lo felicitó con un tono sarcástico y colgó con un “hasta pronto”; sin embargo, eso no le deshizo el nudo en el estómago.

Los días que siguieron se sintieron como un desliz borroso en su memoria, con el martilleo constante en la cabeza. Su novia, Abril, había estado distante, sin responder sus mensajes, se había ido de regreso a casa de su madre después de la llamada.

Una parte de César se alegraba: Si ella no estaba cerca, el acosador no podría hacerle daño. La otra gran parte no le importaba demasiado.

La escuela en la mañana, el trabajo en la noche y las llamadas en la madrugada. Cada día era un tema exacto, justo las mismas preguntas que él había escrito en algún examen esa misma semana. Paralizado por el terror, sentía que solo podía responder.

No obstante, se encontraba a sí mismo sosteniendo el teléfono con ansias cada noche. Era la dosis de adrenalina que necesitaba en su vida además del estrés por la renta. Necesitaba dejar de preocuparse por sus tareas mundanas para poder recordar que seguía vivo.

El dolor de cabeza se hacía cada vez más presente en su vida, a excepción del momento en el que contestaba el teléfono. Evitaba mirarse al espejo porque su reflejo lo mareaba: simplemente no se veía completo.

A veces, su mente se dirigía a esa tarde en la tienda de conveniencia, a los ojos bizcos de ese señor, que habían penetrado sus pupilas de esa forma tan visceral. Tal vez era él. La voz era igual de ronca, como si tuviese un gargajo en la garganta.

Exhausto, se dejó llevar por el juego cuando se volvió una oportunidad para ganar más dinero. Desde la primera vez que sucedió, segundos después de que la persona colgara, una notificación de su cuenta bancaria había aparecido:

Sencillo. Si respondía bien, ganaba dinero. ¿Qué pasaba si no lo hacía? César no se ha puesto a pensar en eso aún.

Esa misma noche, en su mochila se deslizó una fotografía de él mismo dormido en su sofá, desde un ángulo extraño, como tomada desde el suelo. —¿Cuándo dejé la cámara en el suelo? — se preguntó, pero lo atribuía a un descuido; tal vez como el de haber clavado varios cuchillos en la pared de su cuarto en lugar de en la tabla de la cocina.

Una noche después, la voz lo citó en un almacén a media noche para poder darle su recompensa. El aire de otoño era helado, le carcomía los huesos, los búhos ululando le ponían la piel de gallina. El almacén estaba vacío y abandonado.

La puerta se cerró de golpe. Oscuro. Un chirrido metálico resonó en el vacío, el de un cuchillo siendo afilado que podía sentir a metros de distancia y a la vez, un aliento en la nuca.

Corrió a ciegas, golpeó la puerta, la madera crujió, cedió. Se lanzó al otro lado, tropezando con los pies.  Jadeando, se apoyó contra la pared. La cabeza le palpitaba, se sentía mareado y el sudor corría caliente por su frente. Alzó la mirada buscando una salida. El teléfono permanecía aún en su mano cuando le pareció reconocer el lugar: el pasillo de su casa. Con una mano temblorosa, empujó la puerta. El baño. Su reflejo lo esperaba en el espejo. Y entonces lo vio: el cuchillo, clavado en su frente, escurriendo sangre como una fuga. La pantalla del celular seguía encendida, con el ícono de Grabación de voz aún activo. La carcajada que resonaba en sus oídos salía de su propia garganta. Era el sonido de alguien muriendo de dolor y llegando a un cielo lleno de éxtasis.

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